Órganos

 Ahora, un monólogo teatral:

 

Órganos

 

 

Personajes: Dos hombres
Juanita
Don Fabio

 

Escenario: El monólogo se desarrolla en la sala de un apartamento donde hay una nevera en la esquina izquierda de la escena, un sofá al lado derecho de la nevera y un comedor con solo dos sillas en la esquina derecha de la escena y detrás de estos objetos un closet. Es importante que el sofá quede en el centro del escenario y que haya tres neveritas de icopor: una sobre el comedor, una sobre la nevera y la última encima del closet.

 

Única Escena

 

Dos hombres vestidos con trajes de TCC o alguna empresa de mensajería ingresan en la escena cargando un sofá de proporciones relativamente grandes, de color café oscuro y envuelto en plástico. Juanita se encuentra recién levantada, bosteza y se pone a observarlos con la mano derecha en la cintura.

 

Hombre 1.   Señora, ¿dónde lo dejamos?

Juanita.   Déjenlo ahí al lado del comedor. (Lo descargan al lado del comedor y suspiran. Juanita bosteza ruidosamente. Luego, estira los brazos y deja entrever su cintura. Los dos hombres la observan de forma disimulada.) Gracias, muy amables.

Hombre 2.   Con mucho gusto.  (Antes de irse, el Hombre 2 le entrega un papel junto a un lapicero para que ella lo firme. Juanita se dirige al comedor, se sienta, lo firma y luego vuelve donde los hombres, les sonríe fingidamente y el Hombre 1 se queda observando una neverita de icopor que hay sobre el comedor, pero luego Juanita hace una señal de despedida para que salgan de la escena.)

Juanita bosteza de nuevo, pero esta vez de manera más breve. Examina detenidamente el sofá y sonríe.

Juanita.   Bueno, a ver… Usted está como lindo… Me gusta mucho ese color. (Pausa.) Lo eligió mi gatica. Cuando le mostré en mi celular las opciones de color ella puso la patica en usted… (Asiente con la cabeza. Pausa. Sigue examinando el mueble y comienza a caminar a su alrededor.) Ella lo eligió… No se le vaya a olvidar. Voy a ir quitándole el plástico, si necesita algo, me dice, ¿listo? (Empieza a arrancarle violentamente el plástico al mueble y se ríe mientras lo hace. Cuando termina de hacerlo se sienta de manera delicada, extiende sus brazos, cruza las piernas y recuesta la cabeza.) Ufff, qué rico. Me voy a acostar. (Se quita las chanclas que lleva puestas y se recuesta en el sofá.) ¡Oiga! Usted sí valió la pena. (Pausa. Suspira y se pone las manos bajo la cabeza como almohada.) En fin. ¿Quiere que le cuente una historia? Le voy a contar lo que se me venga a la cabeza porque ¿sabe algo?, a mí nunca me ha gustado contar mis cosas así cronológicamente, no sé, me parece una perdedera de tiempo el tener que organizar los hechos de forma secuencial… (Pausa.) Uy, secuencial. Secuencial, secuencial… Me gusta esa palabra… (Susurrando.) Secuencial. Se… cuen… cial. (Pausa y se levanta del sofá. Después, se sienta algo desparramada en el suelo al frente del público apoyando su brazo en el del sofá. Con voz aflautada.) ¿Empiezo? Hágale. No, pero ¿sabe qué? Esta vida sí es muy extraña y caprichosa. A lo bien. (Pausa.) Si uno quiere algo no lo consigue y cuando empieza a luchar pa’ conseguirlo lo va dejando de querer y quiere otra cosa, entonces ahí uno empieza a trabajar en eso y ya quiere algo más grande y así sucesivamente. (Niega con la cabeza y suspira.) Yo me he puesto a pensar que uno es como insaciable, ¿no? Como que nada lo llena, y si algo lo llena después quiere más… no sé… Qué vaina más rara. (Pausa. Alza las cejas y niega con su dedo índice.) Y yo tampoco es que me salve de eso, o sea, eso aplica pa’ todo mundo… o al menos los que pueden comer tres veces al día y cumplirle las cuotas diarias al cuerpo… (Pausa. Mira al suelo. Luego, levanta el rostro y mira por encima del público, al parecer, buscando algo. Luego, hace con los labios una mueca de resignación. Alza los hombros.) Por ejemplo, yo una vez me compré un jugo en Cosechas, ¿sí sabe dónde? y luego me compré otro más caro al siguiente día y al otro día ya no pude almorzar y eso que a mí me encanta comer. Esa tarde casi me muero… (Suspira. Pausa. Se ríe recordando algo.) Y la otra vez me pasó que cuando me gradué de Psicología quise empezar una especialización en la enfermedad que yo tengo, pero cuando fui a preguntarle a una secretaria cerca de la oficina del decano, ella dijo que yo no podía… (Pausa. Quita el brazo del sofá y se acomoda en postura de meditación. Mueve las manos y se rasca el pecho mientras va hablando.) O bueno, creo que me dijeron que eso no existía y que por favor me retirara… (Imitando la voz de una niña.) ¡El que sigue! (Pausa.) No quise ir donde el decano y preferí irme a conseguir un trabajo. (Pausa.) No lo conseguí ahí mismo. (Entona en una escala ascendente el “No”.) Nooooooo, ni por el putas. Mejor dicho, pa’ resumirle, tuve que hacer eso que muestran en las películas cuando el protagonista está desempleado: (Enumera con los dedos.) buscar en el periódico, estar pendiente de Computrabajo, mandar hojas de vida a la lata, llamar a mis amigos y decirles que me tuvieran en cuenta pa’ lo que fuera, ir, venir, esperar, esperar. (Suspira.) Uf, esperar muchísimo. (Grita.) ¡Demasiado! (Pausa.) Pero bueno, la vida es así y yo no me la inventé. (Pausa. Se pone una mano en el pecho y hace una mueca de intenso dolor.) Oiga, ¡ay, jueputa! Me duele el pecho, ¿será que me voy a morir? ¿Será? (Niega con la cabeza.) Ay, va la madre, yo no me quiero ir todavía de este mundo… Igual no me da miedo porque a nadie tengo que responderle… (Increpando al sofá.) ¡No le digo pues que yo no tuve hijos…! (Desesperada.) ¿No sabe por qué? ¿Yo no le he contado? ¿No? Jum. Vea pues. No, pero igual solo es que yo me operé a los diecinueve y entonces nada, tuve un esposo que mejor dicho quería una descendencia estilo Cien años de soledad, y yo, (Gritando y riéndose.) ¡ay, mijo, yo no quiero tirar más basura al mundo para no tener con qué recogerla después! No, no, a mí nunca me han gustado los pelaos, eso es traer más gente a este mierdero, ¿sí o qué? (Pensativa. Mira al suelo y vuelve a recostarse sobre el brazo del sofá.) Si no vea cómo está de puteado este país, esta cultura… En fin. (La misma mueca de dolor de antes, pero esta vez se echa al suelo y se revuelca. Grita.) ¡Ay, mi pecho, marica! ¡Mi pecho! ¡¡¡Mi corazón!!! ¡Me va a tocar ir donde el cirujano pa’ que me revise el pecho…! (Se ríe mientras tose. Pausa. Se levanta del suelo y se sienta en el sofá. Cruza los brazos.) No, y además de todo eso vea que mi cucha se murió cuando yo tenía unos catorce años y entonces mi papá me llevó a vivir a Copacabana y allá pasé el resto de mi adolescencia. (Pausa. Voltea los ojos como escuchando a alguien hablar bien de Uribe.) Pero cómo así, yo no estoy loca. Eso pa’ qué. (Vuelven los gestos con las manos.) O sea, el psiquiatra sí me lo diagnosticó y mandó un voleo de medicamentos, pero eso pa’ qué hijueputas. Yo me considero totalmente cuerda. Cuerda. (Susurrando.) Una cuerda. Uy, cuerda. (Grita enojada.) ¿Estaré cuerda? ¿O será que el cuerdo es ese psiquiatra que después de diagnosticarme me tocó las tetas y los muslos? (Baja un poco la voz, pero no la rabia.) Ese era un carechimba. Ese mismo día le comenté a mi cucho y no hizo ni mierda. Como siempre. (Pausa. Se toca la barbilla e intenta organizar su cabello mientras alza las cejas.) Yo me acuerdo que después de eso a él lo trasladaron a Bucaramanga y yo me quedé con mi tía. De mi tía salté a mi abuelo. Y de mi abuelo ya salté a este apartamentico en Buenos Aires. (Irreverente.) Sola. Vivo sola y qué. Nadie me paga nada. Nada. Yo trabajo en un Fruver y me pagan muy bien. (Se ríe.) Yo digo que bien porque me alcanza para el arriendo y el mercado. (Pausa.) A veces me dan más de setecientas lucas por las buenas ventas del mes y con eso me compro más vibradores con nuevas velocidades. (Baja la cabeza y se estrega el rostro con las manos. Con voz acongojada y frotando el pulgar de la mano izquierda con los demás dedos de la misma mano.) Es que… agh… ¿sabe qué? A mí no me gustan los pipís y las cucas me dan como asquito… (Pausa muy corta.) De todas formas, me gusta culiar. O sea, ajá, (Estira la espalda y luego traquea sus dedos.) no me gusta el tener que verle a los manes esa manguera colgando o a las viejas esa raya que se asemeja al perico, pero me encanta cuando empiezan a tocarme… (Muerde sus labios y se toca con la mano derecha el vientre.) Yo culiaría conmigo. Es que uno es muy hermoso, ¿no? (Ríe.) Vea: a mí me encantan mis piernas, sobre todo las rodillas y el culo… Ufff… (Pausa. Ríe de nuevo.) Cuando me lo meten por ahí es como no sé… tan rico. Una vez me cagué y todo… En fin, ese no es el caso. (Pausa.) Más bien cuénteme usted, señor sofá, ¿muy aplastado? ¿Muy feliz de conocer su nueva casa? ¿Feliz de conocerme el culo ya? ¿No? Ah, bueno. Bien. (Pausa. Luego, el mismo dolor del pecho. Esta vez, Juanita se retuerce sobre el sofá. Grita.) ¡Ay, ay, gonorreaaa! ¡¡Mi pecho, mi pecho…!! ¡Se me va a salir el corazón, marica! (Pausa. Se desvanece el dolor y retoma su historia de forma calmada. Traga saliva.) Como le digo, yo me gradué en Uniminuto y no, no me pusieron problema pa’ estudiar allá porque ese psiquiatra violador me diagnosticara esquizofrenia… (Niega rápidamente. Frunce el ceño. Pausa.) La verdad es que yo no escucho voces… (Alza los hombros.) Normal. (Pausa.) Yo, por ejemplo, en este momento no lo estoy escuchando a usted… Simplemente me gusta presentarme con cada objeto de la casa y contarles cositas de mi vida y de mi familia. (Pausa. Asiente.) Es que sí, desde que me pasé a vivir sola he hecho este mismo ritual con cada cosa que tengo. Con la nevera, el comedor, el closet... (Pausa. Mira a cada objeto y los señala con el dedo.) A todos esos objetos les he contado cositas de mi vida para que sepan con quién están viviendo y con quienes yo viví antes. (Ríe y se le enredan un poco las palabras.) Y cada persona que entra la obligo a hacer lo mismo, aunque no de una forma tan exhaustiva, simplemente les digo que escojan un objeto, el que más les guste, y que le cuenten el hecho más importante de su vida o el de algún familiar. (Sonríe sin mostrar los dientes.) No se valen parejas, les digo. (Se reacomoda en el sofá y cruza las piernas.) Con amigos de confianza yo me quedo escuchando, pero a veces me dicen que me vaya entonces yo me encierro en el baño de la pieza del reblujo y me pongo a echar chisme con el papel higiénico. (Pausa. Se queda pensando.) Creo que por eso casi nunca vienen a mi casa, ¿sí o qué? O demás que era porque faltabas vos. Es que la gente siempre necesita dónde sentarse, ¿cierto? (Asiente y ríe.) Debe ser por eso. Además, dicen que el comedor es pa’ comer nada más. (Niega. Pausa y luego de un instante alza la mano como si se le hubiese ocurrido una idea genial.) Oiga, me acuerdo una vez que fui donde mi tía ella me dio unas galletas con leche. Comí y me puse a ver cómo lavaba una camisilla en la poceta del patio. (Baja un poco la voz.) Ella no dijo nada. No me decía nada. (Pausa. Mueca de resignación.) Siempre que iba por allá porque mi papá tenía un servicio de más de dos semanas ella me miraba y me miraba y me interrogaba y yo no le decía nada tampoco. (Hace una ecuación en el aire.) Nada más nada es igual a nada. (Asiente.) O sea, sí me decía cosas, pero de circunstancias, ¿sí sabe? (Despectiva.) Tipo: vea las galletas, ¿le gustó?, ¿quiere algo más?, chao niña, entre otras. (Pausa. Se rasca el pecho.) Y me acuerdo que las galletas que me dio ese día no me gustaron y yo se lo dije, pero ella siguió lavando la camisilla del esposo, al que nunca le hablé, y no, no me cayó bien y pa’ qué me voy a poner a hablar de él… (Suspira. Pausa.) Yo no le hablaba a nadie de mi familia. Desde la muerte de mi cucha, yo no sé, la cogieron conmigo y me hacían la ley del hielo. De verdad yo no sé cómo explicar eso. (Niega, niega y niega.) No me lo explico. No lo entiendo y aún sigo preguntándole al hígado de mi papá o al pulmón izquierdo de mi abuelo o al páncreas de mi tía por qué. Por qué. Por qué. Por qué. (Pausa.) ¿Qué me dijo? ¿Raro? No, normal. (Pausa.) ¿Como que no? (Pausa.) Visajoso. (Pausa.) ¿Cómo los tengo? Pero si esa historia la saben todos los objetos de esta casa. (Pausa.) Ah, pero verdad que vos sos nuevo. (Pausa.) Pues la historia resumida es que cuando yo crecí y me fui de la casa convoqué una reunión familiar dizque para almorzar y celebrar mi cumpleaños número veinticinco. Fue mi tía, mi abuelo y mi papá. Almorzamos sancocho y cantamos el happi berdei después. (Pausa. Se rasca el pecho.) Luego, en la hora del postre les empecé a contar algo con lo que ellos al principio se horrorizaron y luego estuvieron de acuerdo y firmaron un consentimiento y todo. (Pausa.) Era lo de la donación de órganos cuando el donante ya está muerto. (Pausa.) Les expliqué que eso podía salvar vidas de pacientes en espera de un donante y encima uno le ayuda al mundo cuando ya está en el hoyo. Muy bacano, ¿no? (Pausa. Descruza las piernas.) Bueno, adelantándome un poquito resulta que cuando los tres se murieron de forma secuencial… (Va subiendo gradualmente la voz.) Secuencial… ¡Secuencial! (Pausa.) Ah sí, primero mi tía, luego mi papá y por último mi abuelo… En ese momento, yo mostré en el hospital el consentimiento firmado por los tres para donar sus órganos y… (Pausa.) ¿De dónde la saqué? Pues de internet. De dónde más. (Pausa.) Sí. En conclusión, ninguno de los tres órganos que lograron rescatar de ellos sirvió para un paciente en espera de donación porque se me había pasado el detalle de que mi papá era fumador crónico, mi abuelo tenía diabetes y mi tía sufría de la presión. (Pausa. Suspira.) Le pregunté a la enfermera si me los podía llevar y me regalaron esas tres hieleras que usted ve ahí sobre el comedor, la nevera y el closet. Apenas fue. Y ya. Eso es. (Pausa.) Creo que le conté más de lo acostumbrado. Ya sabe más de mi vida que todos estos objetos juntos, ¿cierto, muchachos? (Pausa.) Ah…, ¿la gatica? La amo. (Sonríe mostrando toda su dentadura mientras mira al techo. Pausa.) Se llama Juanita. (Saca su celular del bolsillo izquierdo, lo desbloquea y le muestra la pantalla al sofá.) Véala acá en una foto. (Deja su celular sobre el sofá. Continúa sonriendo.) Hermosa, ¿cierto? Es una preciosura. (Pausa. La sonrisa disminuye, pero no desaparece del todo. Baja la voz.) Bueno, era. Sigue siendo una belleza y más así como está que ya no jode la vida. (Ríe. Pausa.) ¿Cómo me llamo yo? Así como la gatica. (Suena el celular de Juanita y ella contesta al instante. Pausa.) Ah, hola, Don Fabio, ¿cómo le va? (Pausa.) ¿Ya está lista? (Pausa corta.) Bueno, mañana mismo voy a reclamarla. (Pausa.) Sí, mañana a las dos de la tarde. (Pausa.) Listo. (Cuelga la llamada y deja el celular sobre el sofá nuevamente. Pausa.) ¿Qué quién era? Era don Fabio, el taxidermista. (Sonríe. Pausa.) Me llamó a avisarme que ya terminó a Juanita. (Niega.) Casi que no, eh.   

 

Fin

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