Mis recuerdos
Este cuento es de Carola Monterroso, NO es mío. ¿Qué es mío? La juventud. ¿Qué es de Carola? La Libertad. Este cuento titulado “Mis recuerdos” y firmado en San Luis me estremece hasta los deditos de los pies. Gracias a Carola por tan bello escrito:
“Yo ni quería ir, y menos con este
calor, pero por culpa de esa hijueputa tradición de la familia de hacer
velorios al mediodía me tocó asistir en plena hora de almuerzo.
Apenas regresé a mi hogar, tomé mi teléfono
y pedí el almuerzo de costumbre. Cuando llegó lo serví en dos platos hondos y
comí.
Luego, fui a lavar los trastes a la
poseta y noté que en las esquinas inferiores de la misma había comenzado a
crecer musgo. Volví a mirar. Efectivamente. Era musgo y me reí recordando
cuando mi cucha me decía que debía hacer oficio hasta los últimos rincones si
no quería que el moho malo llegara
hasta mi pieza y me engullera. Pensé si era moho o musgo. Dudé entre la
diferencia de ambas palabras y mientras lo hacía puse a hacer tinto.
Después me senté en el suelo y abrí
YouTube en mi celular. El primer video que me apareció fue una noticia sobre el
solsticio de verano que estaba haciendo presencia hoy en Locombia. Asentí. Con
razón este care chimba solazo. Después, al pensar en esto, me quité la camisa y
luego el brassier. Me toqué la cintura y sonreí al ver mis huesos saludando a
mis músculos.
La cafetera dejó de gotear. Apagué mi
celular y fui a servirme. Saqué un cigarrillo. Fumé y pensé en mi cucha, en la
ceremonia de hoy, en el sudor que escurría de la frente de todos los de la
familia en esa capilla, en mi camisa pegada a mi espalda, en el hambre que
tenía, en el párroco que solo hablaba mierda con tono sermoniante.
Apagué el cigarrillo y lo boté por la
poseta. Volví a mirar el musgo y quise limpiarlo, pero no tenía trapos ni
cepillos para hacerlo. Pensé en mi cepillo de dientes. “Uy no, con ese no”, me
dije. Decidí dejar esa vuelta así y me fui para mi pieza. Volví a tener hambre,
pero saqué otro cigarrillo. Aspiré con más fuerza el humo y busqué mi libreta:
no la encontré. Busqué el lapicero: tampoco. Dejé de sentir el humo: mi cigarrillo
se había desvanecido. Toqué mis senos: estaba vestida y más gorda. Miré
alrededor: mi pieza estaba llena de musgo en los rincones y estaba venteando a
través de ese malparido ventanuco por donde se entraban los mosquitos a picarme
los brazos mientras leía un rato.
Cuando me di cuenta del brusco cambio
del ambiente, no me asombré y me reí. Nada me sorprende desde que Gonzalo
Arango dijo que lo único nuevo bajo el sol es la vida y cuando yo decidí
almorzar solo cuando hace calor.
Intenté pararme para ir a inspeccionar
mi nueva casa y me golpeé con una
maceta que colgaba del techo. “Como en las fincas”, pensé y la observé. Era una
millonaria y estaba repleta de musgo. Reí. Seguí caminando y me golpeé con
otra. Los ojos se me llenaron de tierra. Me tambaleé y me choqué con otra.
Me limpié los ojos y grité. A lo lejos
escuché una voz familiar que me decía:
―Carola, mija, el almuerzo está
servido.
Luego, agregó:
―Ojo
con las matas, no me las vaya a dañar. Y no haga bulla que su papá está
foqueao’ y usté sabe cómo es cuando lo despiertan así.
Al momento de escucharla, esquivé las
macetas y continué limpiándome los ojos.
Salí de mi pieza y avancé por el
pasillo de mis recuerdos.
2015. San Luis”.
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