Mis palabras de la Ceremonia de Graduación 2021

Tranquilos, hoy no vengo para insultar ni para ridiculizar a nadie. Incluso me gustaría decirles a todos lo que pienso de cada uno, tanto de profes, estudiantes y directivos. Pero así no soy yo. Soy más de aprender y nutrirme de las virtudes de otros, así como de sus errores e incertidumbres. Por ello me gustaría resaltar el gran trabajo que ha realizado cada uno en este proceso académico, sobre todo, en el componente social. Yo creo que el colegio es un lugar de reunión, más que de aprendizaje técnico. Es un lugar donde uno se encuentra con las personas y aprende a convivir, a respetar al otro, pero también a dar rienda suelta a las fuerzas violentas y arrolladoras que todos guardamos dentro de nosotros. Y por ello aprendemos a ser castigados, lo mismo que a ser premiados. Nos acostumbramos a la vigilancia, al regaño, al “si se van a besar, mejor váyanse pal Parque Berrio que esto no es una taberna”. Y ese es nuestro más real aprendizaje: el práctico, el que se comparte, el que vivimos con nuestros compañeros.

Por eso, hoy que estamos asistiendo a nuestra graduación quisiera decirles que no se dejen engañar. ¡No podemos querer lo que no nos nace de lo más profundo del alma! Nacemos inmersos en ciertos contextos socioeconómicos, familiares y culturales que nos condicionan. ¡Nosotros NO somos el futuro del país, somos su presente! Por eso, no nos dejemos embaucar de los discursos genéricos y fáciles de los adultos donde nos dicen que “querer es poder”, “el conocimiento es poder”, “si quieres ser alguien, estudia”, porque todas estas palabras nos imponen una presión social donde debemos “ser alguien”, o por lo menos, sobrevivir para servir a los deseos de otros. Pero… ¿nosotros dónde quedamos? ¿Acaso nos han preguntado si tenemos la disposición para ser el futuro del país? ¿Por qué nos seducen con esa idea y luego si hacemos cualquier pregunta, si exponemos cualquier duda, nos amenazan de que si no trabajamos por nuestro país, entonces dónde vivirán nuestros hijos? En este tipo de discursos que escuchamos en todas las charlas de los adultos, de los profes, de nuestros padres, hay muchos mensajes implícitos que debemos aceptar de un todo y por todo. Mejor dicho, ¡quieren lograr lo que no pudieron ellos a través de nosotros! ¡Quieren transmitirnos su frustración! ¿Y qué pasa si no logramos transformar esa frustración en logros reconocidos por la sociedad? ¡Pues nos frustramos aún más! Y con el paso del tiempo, un día cualquiera vamos por la calle, con la cabeza abajo, con el corazón en el bolsillo y el alma encerrada en el baño de la casa de la mamá, aguardando el momento de que cualquier esperanza mínima nos levante el ánimo ya y podamos dejar de sentir, aunque sea por un instante, toda esa frustración que nos hace jorobar la espalda y el espíritu. Pero no tiene por qué ser así. Es cierto que no podemos ser los mejores de todo, sino que debemos especializarnos en lo que más nos guste, pero además de ello, también tenemos el deber personal de mandarnos y saber obedecernos a nosotros mismos. El deber de expresar lo que sentimos, lo que pensamos, lo que vivimos, lo que experimentamos ya sea mediante el arte, el diálogo, la tecnología, lo que sea. El deber de Ser y sentirnos plenos, pero también de aceptar el dolor, e incluso utilizarlo como una herramienta para aprender a saborear con más sensibilidad y tacto la dicha momentánea de la plenitud. Lo mismo con los demás sentimientos. Con todo esto, lo que intento decir es que afirmen, que le digan “sí” a todos los vaivenes de la vida, pero también a sus más tranquilos valles. Que afirmen siempre, porque dentro de una plena afirmación, caben todo tipo de negaciones e incertidumbres. Que todo lo que hagan sea en busca de un propósito fijo porque cuando existe una meta, no hay obstáculo que valga, ni piedra en el zapato que les impida caminar. Pero también sean conscientes de sus situaciones específicas para poder soñar de acuerdo a ello y lograr lo que ustedes desean. Esto lo digo, no para limitarlos, sino para hacerles caer en cuenta que la mayoría de las veces dejamos que otros sueñen por nosotros, que las películas o las caricaturas o los libros o nuestros padres o nuestros profes nos digan qué debemos soñar, o cosas por el estilo. El problema reside, justamente, en que no tenemos autonomía en nuestras metas porque le tenemos miedo a la experimentación desmesurada, a la más pura experimentación de nosotros mismos, de nuestras capacidades y sobre todo, de nuestros dones escondidos y de los cuales sentimos vergüenza. Explorar: esa es la mayor premisa de la juventud. De la exploración surge la construcción, y es por ello que no podemos pretender “ser el futuro del país” sin antes conocer nuestro país. Primero conocemos y exploramos, luego construimos y transformamos.

En conclusión, siempre tengan en cuenta que antes de “echar pa’ lante” o de “emberracar a salir adelante” debemos saber dónde estamos parados, quiénes son nuestros allegados, quiénes somos nosotros mismos. Es necesario seguir un proceso específico que nos lleve a descubrir nuestra Naturaleza humana. De todas maneras, les quiero agradecer a todos por su escucha ahora y su apoyo, especialmente a los profes y a mi familia que hoy me está acompañando en la ceremonia, y también a mis compañeros de clase. Gracias por la paciencia, por los regaños, por los desplantes, por las sonrisas, por los abrazos. Por todo. A la final, eso es la vida: todo. Es por eso que me gustaría terminar este discurso con unas palabras de Ricardo Reis, un heterónimo del gran poeta portugués Fernando Pessoa. Y dice:

 

Para ser grande, sé entero: nada tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en cada cosa.
Pon cuanto eres en lo mínimo que hagas.
Así, la luna entera en cada lago brilla porque alta vive.

 

J.A.B. 2021.

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