Juan David
El siguiente texto fue un cuento que le hice al hijo difunto de mi tía materna. Que en paz descanses, Juan David.
"A mí todo el mundo me echa el agua sucia. Si
supieran todo lo que me toca hacer. Es que yo soy la de todo en esta casa. Si
no es por mí, mejor dicho. Y si no vea mi mamá toda enferma. Qué cosa tan
horrible. Yo no sé qué vamos a hacer. Y encima ese hermano mío haciendo esos
chorizos que compra en el viejo parís. Eso que suelta un tufo súper dañino pa’
mi mamá. Pero a él no se le puede decir nada. Desde ese día que andaba pintando
con el compresor en la terraza y me manchó una sudaderita que era de Juan
David, lo odio. No le hablo, no lo miro, y así es mejor. Yo hago mi comida y ya
él hace la suya. O mi mamá se la hace, pero como ha estado enferma, le toca a
él. Y si viera cómo está de gordo. Parece que tuviera una riñonera llena de
comida. Yo mejor no le digo nada porque después se pone a alegarme y él no
puede enojarse mucho porque él también está enfermo. Luego de ese accidente
quedó así. Y más terco y más difícil de tratar. Mejor dicho. Pero lo único que
yo sí le veo es que ha dejado de tomar como lo hacía cuando vivía con su mujer,
Lucelly. Porque si algo les gustaba a mis hermanos y sobre todo a Rubén el que
vive conmigo era el trago. Qué cosa tan horrible. Eso mi mamá y yo nos
queríamos enloquecer cuando se iba Rubén en la moto para una fiesta en Enciso,
o a Boston porque después para devolverse todo borracho eso le podía pasar de
todo, y mi mamá prendía esta vela, rezaba a este santo, iba, venía, tomaba
acetaminofén, me decía que llamara a Lucelly para preguntarle si ya había
llegado Rubén, abría la puerta de la calle, se encerraba en el baño. No
sabíamos ni qué hacer y nos sentábamos a esperar hasta que Lucelly nos llamara
a decirnos que ya había llegado. A veces llegaba a las diez, otras veces a las
doce e incluso una vez llegó a las siete del otro día. Qué tiempos tan
verracos. Y luego del accidente que tuvo por allá en el dos mil tres, cuando ya
había tenido a Melisa y a Daniel, yo me acuerdo que yo ya había tenido a Juan
David y tenía dos años en ese momento. Ese muchachito me mantenía ocupada
comprándole los pañales, los baberos, y un poquito de ropa porque la verdad las
sobrinas de mi mamá me dieron mucha ropa para Juan David e incluso mi mamá le
regaló una cadenita de oro con una virgencita en la mitad y que a él le
encantaba morder y me tocaba regañarlo para que de pronto no se dañara los
dientes de leche que apenas le estaban saliendo y para que no dañara ese collar
tan hermoso. Y eso yo lo mantenía cargando, mimando, dándole de mamar, mirándolo
por las tardes, sentándolo en mis piernas, arrullándolo, preparándole sopitas.
Pero a veces cuando se iba a dormir yo como que le dejaba de oír la respiración
y él manoteaba como intentando respirar y no podía, entonces yo tenía que
alzarlo y darle golpecitos en la espalda como si le estuviera sacando gases y
esa era la única manera de que pudiera respirar. A mí me daba un susto ni el
verraco y me tocó llevarlo al pediatra a ver qué era lo que estaba pasando.
Pedí la cita, le mandaron unos exámenes y como a las dos semanas supe qué era:
Juan David tenía una infección respiratoria. Fue como si me tumbaran la vida. Mejor
dicho. Hasta me acordé de mi papá y de cómo lo mató ese bendito cáncer de
pulmón, y esa tomadera que les heredó a todos los hijos. Desde ese día, tuve
que llevarlo a un tratamiento en el hospital y allá me pidieron que lo dejara
internado, pero yo no quise. Ni por el verraco pues. “Me lo terminan de matar
al niño”, le decía yo a mi mamá ese día cuando llegué a la casa. “Claro, ahora
los doctores no curan a la gente, sino que la matan más fácil”, me respondía
ella. Y por esos días, yo tuve un sueño casi todas las noches: que yo iba por
un túnel muy luminoso con Juan David en mis brazos y yo caminaba y caminaba y
caminaba hasta que en lo que parecía ser el final del túnel estaba un señor que
se parecía al Jesús de las películas de semana santa y me pedía que le
entregara a Juan David, pero yo siempre le decía que no e intentaba correr de
vuelta y no podía moverme, ni hablar, ni nada más que decir “No” con la cabeza
hasta que no sentía ya el cuello y Jesús no hacía sino mirarme con ternura sin
intentar arrebatarme al bebé y me despertaba. Esos sueños me dejaban pensando
un buen rato y me daban muy mala espina y si algo tengo yo en esta vida es la
intuición que no me falla. Preciso. A las semanas, Juan David empeoró y no pude
entregarlo: me lo quitaron de los brazos. Quién sabe si fue Jesús, Dios o el
Espíritu Santo, pero el niño se me murió con dos años. Y toda la familia se me
vino encima que porque yo no lo había cuidado bien, que porque me había metido
con aquel. Por eso le digo que a mí todo el mundo me echa el agua sucia. Como
si eso fuera mi culpa. Cuando a lo único
que me dediqué yo fue a cuidar a Juan David. Más bien fue culpa del “papá”, que
en vez de estar pendiente de él, le heredó esa asma tan horrible que lo mató y
de paso de lo que Juan David sufría. Pa mí que eso fue por las borracheras de
aquel. Yo me acuerdo que hubo un tiempo en que vivimos juntos y todos los fines
de semana eso llegaba a tratarme de hijuetantas, a pegarme, a quebrar la loza,
a quitarle las sábanas a la cama y acostarse en ese colchón pelado. Mejor
dicho. Fue tanto que una vez, cuando yo estaba embarazada, estaba yo en el baño
y llegó él. Venía con una orinada atascada y como yo apenas me estaba limpiando
me demoré en salir. Con decirle que él casi tumba la puerta para entrar y yo
para vengarme de todas las que me había hecho con más gusto me demoré. Y aunque
no me crea, él tumbó esa puerta. Le arrancó la chapa de varios golpes y me sacó
a empujones del baño y con los calzones abajo. Pa mejor dicho, casi me mata. Yo
creo que por eso fue que cada vez que veía a Juan David recordaba esa escena
del baño. Él la vivió dentro de mí y quién sabe si hasta peor que yo. En todo
caso, después de eso yo me fui a vivir donde mi mamá para evitar más problemas
y a ese tipo no lo volví a ver ni en pintura. Mejor así. Ese señor era un
peligro, y yo creo que así yo no quisiera, Juan David tendría algo de esa maldad
en la sangre cuando fuera grande. En fin. Lo único que conservo de Juan David
es esa cadenita de oro que le dio mi mamá y que yo le regalé a Juan Andrés
cuando cumplió los dieciséis, aunque cada vez que se la veo puesta se me vienen
a la cabeza todos los recuerdos de mi niño y se me salen las lágrimas. Mejor
dicho. Yo todavía me acuesto a dormir y veo que sus ojitos siguen brillando cuando
cierro los ojos y vuelvo a soñar con ese túnel y con Jesús y me despierto
buscándolo".
🤯❤️🩹
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