Fragmentos
Este texto fue inspirado en la
personalidad de mi profe de Artística del colegio, pero hasta ahí. Toda la
historia se la inventaron mis dedos (o eso creo):
1.
“Bebí un poco de agua. Aclaré la
garganta, tomé aire profundamente y miré a todos uno por uno rápidamente. Sentí
un escalofrío que me recorría desde los talones hasta la coronilla de mi
cabeza. Seguí hablando, buscando que mi voz llegara a todos los rincones del
aula:
―Entonces,
como ya les dije, el arte es muy variado en sus formas y representaciones, así
que hoy vamos a realizar un dibujo donde vamos a aprender a proyectar sombras
desde arriba, luego lo haremos con la proyección de sombras desde abajo y así.
Tomé una
pausa y rebusqué el dibujo en mi carpeta. Seguí hablándole a los muchachos:
―Recuerden
que hoy debían traer lápiz 6B, una o varias servilletas para las sombras y,
claramente, el bloc base 30.
Después,
comenzó la alharaca en el aula cuando terminé de hablar. Todos empezaron a
hablar al mismo tiempo, así que los callé de un grito ensordecedor:
―¡Cállense,
carajo! Respeten.
Un pelado que
se hacía en la última fila a la izquierda, se levantó y, sin pedirme permiso,
se dirigió a la puerta del salón. Cuando iba a atravesar el umbral, le grité:
―Oiga, ¿y
usté para dónde cree que va?
Ese pelado ni
me miró y sólo me reviró en tono cínico y burlón:
―Para el
baño.
―¿Y con
permiso de quién?
No me
respondió porque ya había salido y algunos estudiantes se empezaron a burlar de
mí, de mi poca o nula autoridad sobre ese pelado que salió sin permiso al baño.
Ay, pero espere y verá que esto no se va a quedar así.
2.
Retrocedes en el tiempo. Es sábado por la tarde. Te ves todo sucio de
tierra de pies a cabeza por andar revolcándote como un cerdito en un pantano
con tus amiguitos. Traes una cara de Yo no amá, yo no fui, ellos me obligaron,
¿qué hacía pues yo, ah? Llegas con el rabo entre las piernas a tu casa y no has
entrado y ya te pegan el primer grito:
―¡Jesús,
María y José! ¿Usté dónde se metió, por todos los santos? Eh ave María
purísima, qué desastre. Me hace el favor, se entra ya mismo ―te cogen del
antebrazo con un pellizco―. Se baña bien todo el cuerpo y se cambia esa ropa
asquerosa que lleva puesta, Dios mío, ya se la arruinó, y a su papá tanto que
le costó conseguirle esa ropita, malagradecido es que sos, Mauricio Alberto,
¿no te da vergüenza venir así como un puerco a la casa? Espere y verá que
llegue su papá para le dé unos correazos que bien merecidos te los tenés, para
ver si un día de estos aprendés a valorar las cosas que te da tu papá.
Te rematan
con una palmada en la espalda, en la camiseta que se te pega a la piel por el
sudor, por lo que te duele aún más.
―A ver,
camine y se baña. ¡Pero ya, ya mismo!
Haces caso y
te desnudas para irte a bañar al patio. La maldices en silencio, la odias, sí,
vieja fastidiosa, cuándo me va a dejar de joder la vida, te preguntas
mentalmente. Ya en el patio, te echas agua de un balde con una coquita pequeña;
te estregas con jabón Rey las axilas, el pecho, alguna parte de la espalda que
alcanzas con tus manos, tus partes íntimas y tus pies. Te juagas. Te secas con
la toalla que siempre está secándose ahí en el tendedero, que está en el mismo
patio. Te diriges al cuarto común, donde se guarda la ropa de todos, tu mamá,
tu papá y tú, y buscas una pantaloneta y una camiseta cómodas para aguantar el
castigo de tu Señor Papá ¡Ah!, y los calzoncillos. Te desvistes de nuevo y te
colocas primero los calzoncillos y luego la pantaloneta. Por último, te calzas
unas chanclas viejas que usas siempre en casa.
Sales del
cuarto y vas a la cocina: el estómago te ruge. Abres la puerta de la pequeña
nevera, la única que hay, y encuentras una sola arepa de chócolo. El fogón de
leña ya está prendido, así que sólo es poner la parrilla a calentar un momento
y luego colocar la arepa allí. Así lo haces y luego vas a la basura a tirar la
envoltura donde venía la arepa, si es que a esa bolsa negra, grande y
maloliente arrumada en un rincón de la parte interior de la finca se le puede
llamar basura. Tiras la envoltura, pero algo en el interior de la basura te
llama la atención. Sientes un odio que te recorre de los talones hasta la
coronilla de la cabeza, y también náuseas: son los bocetos de tus dibujos.
3.
Al fin sonó el timbre. Cogí mi carpeta
y mi bolso y me fui para la sala de profesores a almorzar. Por fin, tenía mucha
hambre. Serían las dos y diez de la tarde, tenía veinte minutos para almorzar y
luego otra vez a dar clase. Era jueves, lo peor: las seis horas se repartían en
tres bloques de dos horas; el primer bloque era en séptimo dos, el segundo en
sexto uno, y el tercero y último en octavo dos. En otras palabras, segundo,
primero y tercero de bachillerato, respectivamente. Y claro, lidiar con esos
maleducados e irreverentes peladitos no era para nada fácil: vea nomás a ese
que salió sin permiso al baño. Se llamaba Obando, me parece, y era el payaso de
la clase de séptimo dos. Yo sabía que lo que hizo fue para hacerme enojar, y
que yo lo cogiera de las solapas y lo humillara frente a todo el salón
gritándole las reglas y normas a las que todos estamos sometidos, para que
luego él me acusara con la coordinadora de abusivo y soberbio, mientras se
hacía la víctima y lloriqueaba como un pequeño indefenso al que le han quitado
su bizcocho preferido. Pero no, no llegó a culminar su “plan maestro”. Respiré
muy hondo y, como pocas veces en mi vida, controlé mis emociones, aunque por
dentro quisiera ahorcarlo.
El segundo
bloque pasó sin mayores inconvenientes. Ya en las dos últimas horas, en la
recta final del día, tenía que dar clase en octavo dos, un infierno también,
pero bueno. Sin embargo, fueron dos horas tranquilas, por fin un descanso de la
algarabía y el desorden del primer bloque en séptimo dos.
Cuando salí
del colegio camino a casa, sentí un frío horrible, así que me enfundé en un
abrigo marrón que me había regalado mi tía en mi cumpleaños hace un buen tiempo
ya. Me abracé a mí mismo y continué mi
camino. Total, sólo me faltaban un par de años para la pensión. Cuando la
tuviese, no me iría a vivir al campo, como quieren muchos compañeros míos.
Jamás de los jamases. Siempre viene a mi cabeza aquellas imágenes atroces y
horripilantes de mi infancia. No quisiera volver al mismo lugar para reavivar
aquellas escenas que me marcaron de por vida. Los recuerdos, sobre todo los
malos, matan más que una enfermedad, o ayudan a esta a matarlo a uno.
4.
―Dígame, ¡¿por qué, por qué estaban en
la basura?! ―le gritas a tu mamá con furia mientras le muestras los bocetos.
Ella no
responde de inmediato, pero ves una ira contenida en sus pupilas. Luego, ves
cómo alza su mano derecha y te da una bofetada tan fuerte que te tambaleas y
dejas de sentir tu mandíbula.
―Usté a mí en
la vida me vuelve a gritar, ¿oyó? Respete a las mujeres y sobre todo a su mamá,
que fue la que le dio la vida, malagradecido. Primero es la ropa y ahora esto.
¡No! Respete. Y sí, boté esos papeles porque yo no quiero ningún artista o esas
vainas aquí en la casa y su papá menos. Estamos en el campo y usté ya está
creciendo, por lo que debe ayudar en la casa y también en la recogida del café,
¿sí me escuchó bien?
Repite la
pregunta más duro y tú asientes. Luego dice:
―Para que le
quede bien claro, si quiere ser algo en la vida, sea algo que nos ayude a
todos, un médico, un ingeniero, un arquitecto, pero, ¿un artista? ¿Acaso eso da
plata pa’ comprar los abonos que bien caros sí están? Nooo, eso no sirve para
nada. ¿O es que usted come papel?
Sientes
lágrimas correr por tus mejillas. Agachas la cabeza mientras arrugas con tus manos
los bocetos de los dibujos de diversos paisajes que habías empezado a hacer
unas dos semanas atrás, con mucho miedo de que te criticaran y te dijeran que tú
no estabas hecho para ese tipo de cosas, o que no servías, o que no… Pero, pese
a ello, tuviste el coraje de agarrar un lápiz y una hoja de papel en blanco y
comenzar a liberar tu mano y a dejar que hiciera trazos, líneas, figuras,
alguna que otra sombra y uno que otro tachón, porque no tenías borrador. Todo
era como quedara, no había vuelta atrás. En la escuela del pueblo siempre te
había ido bien en la asignatura de artes y, cuando fueras grande, querías
enseñar lo que aprendieses durante tu vida sobre el arte, tu mayor pasión. Una
pasión innata que había salido a flote desde la primera vez que te pusieron la
foto de un campo lleno de girasoles en frente de ti, te dieron un lápiz y una
hoja en blanco y te pidieron que la dibujases con exactitud. Te había salido
perfectamente y, justo en ese momento, mientras la profesora te elogiaba y tus
compañeritos de párvulos te preguntaban que cómo lo hiciste, descubriste tu
mayor pasión: el dibujo. Los bocetos que habías hecho quieres ahora botarlos a
la basura, pero no puedes, algo te ata con fuerza a tu creación.
Nunca
pensaste en pintarlos porque ni colores tenías. De igual manera, la idea era
atractiva: pintarla en un cuadro, como esos artistas que te habían enseñado en
el colegio: Picasso, Miguel Ángel, Da Vinci, Van Gogh, entre otros que ya no
recordabas. Pero ya no, ya todo se había ido al carajo, ya no vas a hacer más
dibujos. Mejor te vas a empezar a levantar a las cuatro de la mañana para
ayudarle a tu papá con la recogida del café, aprovechando que está en cosecha.
Sí, eso harás; de hecho, vas a empezar hoy mismo, te cambiarás las chanclas por
unas botas pantaneras que ni siquiera sabes quién te las dio, ni de dónde
salieron, simplemente siempre estuvieron allí. Y claro, no le hablarás a tu mamá
por el regaño de hace poco. Aunque, quién sabe, quizás sí tenga razón…
Mas tu mamá
te detiene cuando estás a punto de salir para los cafetales y te dice que tu papá
no está por allí, que está en el mercado de la plaza. Asientes sin mirarla y te
das cuenta que tiene razón: la camioneta vieja que siempre usa para ir al
pueblo no está parqueada afuera. ¿Cómo no te diste cuenta antes? De todas
maneras, te vas a escapar, no te aguantas más a tu mamá. Piensas rápido en
posibles maneras de escape y optas por hacerte el que va a quedarse en el
cuarto común leyendo o durmiendo la siesta vespertina y cuando tu mamá se vaya
para la cocina, te escabullirás por la puerta de atrás sin que ella se dé
cuenta.
Así sucede y
sales corriendo, libre. Detrás de ti los perros ladran, pero ya estás en medio
del cafetal. Necesitas replantearte qué es lo que realmente quieres para tu
vida y de qué forma hacerlo. Te debates entre tus pasiones y lo que quieren tus
papás que hagas. O quizás, sería mejor acabar con todo este sufrimiento que te
quema el alma de una buena vez…
5.
Los recuerdos son como unos cuchillos
afilados sin empuñadura: no importa de dónde los agarres, siempre te vas a
cortar y a desangrar poco a poco. Así es como sentí el recuerdo del campo, de
mi infancia, de mi familia: como un cuchillo jodidamente afilado… Todavía no
logro recuperarme de ello. Han pasado treinta y cinco años ya, pero creo que
esos recuerdos que se han convertido en fantasmas, me perseguirán hasta acabar
conmigo e incluso, ya en la tumba, en el otro mundo, en otra vida o lo que sea,
seguirán atormentándome sin descanso.
Cerca de mi casa
hay una licorería. El día anterior me habían pagado, por lo que me compré una
botella de ron de un litro. Ese día era el aniversario de mi tragedia; sólo
quería ahogarme en licor, olvidarme de todo, de mis responsabilidades, de mi
trabajo, de mi fracasada vida sentimental y de mí mismo. Abrí la puerta de mi
casa y, como siempre, no había nadie que me recibiera. Ni una mascota, porque
nunca me han gustado: suficiente tuve con esos perros de la finca de mi
infancia. No importa. Descargué mis cosas sobre un sillón y el ron lo dejé en
una mesita de vidrio en el centro de la sala y me quité el abrigo, ya no estaba
haciendo tanto frío. Fui a la cocina por un vaso y algunos hielos. No comí nada
porque no tenía ni una pizca de hambre. La boca se me hizo agua al ver aquella
botella de ron en la mesita, para mí solito. Saqué el celular y puse algo de la
playlist que tenía ya establecida para este día: temitas de Julio Jaramillo,
Darío Gómez, Metallica y Guns N´ Roses.
Sonó Reminiscencias, el tema que abrió la
noche. Destapé la botella de ron y serví un poco en el vaso. Me llevé el
líquido a los labios y sentí un ardor que me quemaba todo el fuero interno. “Carajo,
qué rico este ron”, dije en voz alta. Bebí ávidamente y comencé a recordar…
Sendas
lágrimas comenzaron a rodar sobre mis mejillas hasta la comisura de mis labios.
Sabían amargas, tanto como aquellas evocaciones de mi tragedia; recordé que, al
estar en los cafetales, me recosté boca arriba, e imaginé que estaba en la
nieve y comencé a hacer la figura de un ángel en el suelo nevado. Me seguí
revolcando un rato más y me sentí pleno, tranquilo y feliz. Luego,
inevitablemente, regresaron las imágenes de los bocetos en la basura, y volví a
la realidad. Comencé a llorar y me quise ahorcar con mis propias manos, porque
sólo era un estorbo para todos, incluso para mí mismo; era como la oveja negra,
el “artista”, el inútil. Pero no pude. Fue imposible llevar a cabo mi objetivo.
En el mismo momento en que sentí la ausencia de oxígeno y me estaba empezando a
sentir ahogado, solté mi cuello. Respiré.
Cuando estaba
tomando bocanadas de aire, escuché unos gritos a lo lejos, parecían voces de
hombres, y mi papá nada que llegaba. No entendí qué trataban de decir. Los
perros ladraban sin cesar. El ocaso que estaba presenciando cuando me levanté
me hipnotizó un momento, pero luego, otro y otro grito más, me quitó el hechizo
y salí corriendo en dirección a mi casa. Mientras corría me sacudía con
desespero la tierra de mi ropa, no fuera a ser que mi mamá me mandara a bañar
otra vez. “¿Qué estaba pasando, por Dios?”, me pregunté cuando estaba cerca de
mi casa y los gritos arreciaban aún más en el interior. No quise ingresar a la
casa por la puerta principal, preferí entrar por donde había salido: por la
puerta de atrás del cuarto común. Pero los gritos que, en vez, de dolor,
parecían como de una celebración, preferí esperar y mejor asomarme por la
ventana de madera. Estaba cerrada, pero una pequeña rendija me dejó observar
por un momento la supuesta celebración que se estaba llevando a cabo en el
interior de mi casa. Lo que vi me dejó horrorizado y estupefacto, con la mente
en blanco y todo el cuerpo temblando: cuatro hombres uniformados de un verde
desgastado estaban intentando violar a mi mamá; la agarraron de la camisa que
llevaba puesta y se la arrancaron de un solo tirón; la falda se la quitaron a
la fuerza y la echaron a la cama donde ella dormía todas las noches con mi papá,
ya en paños menores, como jamás en la vida la había visto. Luego, le quitaron
la última ropa que llevaba encima y, por turnos, comenzaron a penetrarla con
fuerza; cada uno tenía dos minutos para “disfrutar” de mi mamá. Así lo estipuló
un hombre pequeño y gordo, que parecía estar al mando de los otros tres
soldados: eso me pareció a mí, que eran soldados, aunque no estaba seguro por
el uniforme, ya que este era común, pero en los “paracos”, como les decía mi
papá. Una vez los vimos pasar cerca de la finca y mi papá me explicó que ese
uniforme verde desgastado era algo que identificaba a los “paracos”. No me dijo
más.
De repente, reaccioné. Tenía que ayudarla.
Pero no yendo y peleando con aquellos tipos. No, ni en sueños. Tenía que
avisarle a mi papá lo más rápido posible. Sí, eso iba a hacer. Rodeé la casa
sin hacer ruido, aunque no creía que aquellos hombres me escucharan en medio de
tantos gritos de júbilo y alegría. Salí corriendo en dirección al mercado de la
plaza con el corazón desbocado. Veía borroso y sentía que en cualquier momento
las piernas me fallarían y caería bruscamente a la tierra.
Como un rayo,
me dirigí al mercado de la plaza, donde dijo mi mamá que estaba mi papá. Lo
busqué y lo divisé en la parte donde vendían ropa vieja y usada y una que otra
prenda nueva. Estaba de lado, mirando ropa y preguntando el precio: por eso
pude reconocerlo.
―¡¡Apá, apá!!
―le grité con desespero.
El volteó la
cabeza, buscándome. Al posar sus ojos sobre los míos, no se inmutó y siguió
preguntando por una camiseta que me gustó cuando la vi a lo lejos; era azul
oscura sin ninguna estampa, sólo el color y ya está. Vi que tenía una maleta
mediana a su lado; ahí metió la camisa azul que me gustó y, sin pensarlo dos
veces, me acerqué corriendo, jadeando, e intenté decirle:
―Arriba… en
la casa… están… ay, qué cansancio… apá…
―¿Qué pasó,
Mauricio? Estoy muy ocupado ahora.
Yo no podía
creer que me tratara así: él siempre había sido dulce conmigo y complaciente.
No entendía su actitud tan despectiva. Con mi mamá era esto último; siempre
como un desprecio, un fastidio hacia ella que yo veía en cada gesto, en cada
acción que mi papá hacía. En sus ojos, también. A veces le pegaba a mi mamá que
porque ella le era infiel a él o esas cosas. Yo en aquel momento, ni sabía qué
era eso. En todo caso, mi papá repetía una y otra vez aquella palabra: infiel,
infiel, infiel, infiel… Ella quedaba siempre con moretones en el rostro y luego
de eso mi papá se iba para el pueblo y ella se quedaba durmiendo conmigo.
―Apá… apá…
¡apá!.. Unos “paracos” están…
―Cállese. Me
hace el favor y me espera en la camioneta ―me interrumpió mi papá y me dio unas
llaves―. Yo ya voy para allá.
Yo sabía que
no debía responderle a mi papá, sería lo peor. Mi mamá siempre me enseñó a
respetarlo a él, lo que quería decir, nunca contradecirlo en sus tajantes
órdenes.
Me dirigí a
la camioneta, que estaba parqueada en una esquina de la plaza y me monté en el
asiento delantero, como siempre me ha gustado viajar cuando estamos solo mi papá
y yo. Sentí mucha impotencia al pensar en todo lo que estaba pasando mi mamá,
pero bueno, solo quedaba esperar.
A los veinte
minutos, vi que mi papá se acercaba con la maleta y la depositaba en el asiento
trasero. Luego, se subió al asiento de conductor y prendió el carro. Dio
reversa y empezó a dirigirse a la salida del pueblo. Le pregunté para dónde
íbamos y él se demoró un momento en responder. Cuando lo hizo, fue con aire
cansado:
―Para
Medellín, donde una hermana mía.
En mi
ingenuidad, le pregunté si íbamos a amanecer allá o qué. Él me miró por un
segundo y masculló entre dientes:
―Vas a vivir
allá.
Seguía
preocupado por mi mamá, pero poco a poco, el sueño se fue apoderando de mí y yo
no me resistí. Me desperté y seguía siendo de noche. Íbamos por una calle mal
iluminada y mal pavimentada.
―¿Dónde
estamos, apá?
―En Boston.
Allí supe que
mi vida acababa de cambiar para siempre, de romperse en mil fragmentos
irreparables. Luego, paramos y se mostró ante mí un caserón con una fachada
gris y una puerta de madera dos veces más alta que la camioneta de mi papá. Él
tocó el timbre y a los pocos segundos salió una señora en bata, bajita, amable
y flaca. Me saludó con un abrazo y yo se lo correspondí. Desde el primer
momento, me cayó bien la que debía ser mi tía. Nos invitó a entrar, pero mi papá
dijo que ya se tenía que ir. No entendí lo que pasaba y así se lo hice saber a
él:
―¿Me vas a
dejar aquí?
Él asintió
con la cabeza y se agachó para darme un abrazo.
―Y acuérdese
mijo, nunca haga lo que me hizo su mamá a mí. Nadie se lo merece, y menos un
hombre tan recto y honesto con ella. Las mujeres deben respetar a sus maridos y
eso fue lo que su mamá no entendió. Pero bueno, la vida es así, ¿no?
Me aguanté
las lágrimas y no le dije nada. Antes de que pudiese hacerlo él se fue sin
mirar atrás. Se metió en la camioneta, la arrancó y se esfumó en la soledad de
la noche. No sería hasta unos años después que mi tía me explicaría aquellas
enigmáticas palabras:
―Sí, entiendo
sus dudas, mijo, pero intentaré explicárselo ―me dijo ella mientras se fumaba
un cigarrillo y tomaba sorbitos de café―. Lo que pasó es muy simple: su papá
era un celoso con su mamá, pero la cosa más horrible. Ella nunca intentó
rebelarse ante él, sabía que era inútil, ya tu habías nacido y tocaba
aguantarse y sacarte a ti adelante. Él trabajaba con el café, como ya sabes, y
cada domingo, o cada vez que le pegaba a tu mamá, y siempre y cuando tuviera
plata, se iba de juerga con sus amigos del pueblo y luego se iban y se
acostaban con…
Hubo un
silencio. Le pedí que siguiera, quería saber la verdad.
―Con
prostitutas, mijo, mujeres que, debido a la necesidad en la cual viven les toca
hacer el amor con hombres por plata y así poder sobrevivir. La mayoría de esas
mujeres tienen hijos y claro, uno entiende que sacar un hijo adelante no es
nada fácil, y menos si uno no tiene las posibilidades que tienen otros, ¿me
entiende, Mauricito?
Dije que sí
en un susurro y ella se levantó de su sillón preferido y me dijo que luego
continuaríamos la charla. No fue así porque siempre ambos estábamos ocupados:
ella fumando o yendo a la iglesia, que quedaba casi al lado del caserón, y yo o
en el colegio o en mi pieza dibujando y pintando en lienzos que ella me
compraba por ahí en la calle.
Así comencé a
crecer y pinté mucho: todos los cuadros mi tía los ponía en algún lugar de la
casa, hasta que ya no cupieron más y con mi autorización, los empezó a vender
por ahí en la calle. Ella me cobraba la mitad por hacer el mandado e ir a
buscar quién le comprara mis cuadros. No estuve en desacuerdo y así comencé a
ver el dinero y a gastármelo en fiestas con algunos amigos del colegio. Ya
estaba a punto de terminar mi bachillerato y supe que lo mío era la enseñanza;
a veces intentaba enseñarle a mi tía a dibujar y ella, por lo menos, lo
intentaba. No le salía bien, pero yo sentía que sí tenía algunos dotes para trasmitirle
mi conocimiento a otras personas. Lo mismo con algunos amigos.
Ya estaba en
la recta final de mi playlist, con Guns N’ Roses, y la botella estaba
vacía. Lloré muchísimo, como siempre me pasaba cada año. Era una forma de
exorcizar esos recuerdos y que no me atormentaran más. Aunque siempre lograba
el efecto contrario: recordar aún más y sufrir con esas imágenes; recordé que
mi mamá murió el mismo día que yo salí corriendo en busca de mi papá y mi tía
no me dejó ir al entierro. Mi papá murió por una tuberculosis dos años después
de la defunción de mi mamá. Y yo quedé huérfano, con mi tía como única familia.
Pero ya qué, ya no puedo hacer nada. Mi vida ya está hecha trizas, rota en
fragmentos irreparables. No hay salvación para mí, de hecho, nunca la hubo.
Siempre viviré con estos fantasmas acosándome por la eternidad. Lo sé.
Tomé el
último trago y dejé caer el vaso a un lado. Escuché que se quebraba. Me tomé la
cabeza entre las manos, sentía que me iba a estallar, no podía más, estos fantasmas
me iban a matar. No, no iba a dejar que sucediera eso. Me comencé a dar golpes
en la frente buscando ahuyentarlos, pero por el contrario, retumbaban más
fuerte sus voces y me dolía cada vez más la cabeza. Y en un movimiento reflejo,
agarré la botella vacía y la quebré contra mi cabeza. Me desmayé. Las voces se
desvanecieron al instante”.
J.A.B. 2020.
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