Fragmentos

Este texto fue inspirado en la personalidad de mi profe de Artística del colegio, pero hasta ahí. Toda la historia se la inventaron mis dedos (o eso creo):

 

 

1.

 

“Bebí un poco de agua. Aclaré la garganta, tomé aire profundamente y miré a todos uno por uno rápidamente. Sentí un escalofrío que me recorría desde los talones hasta la coronilla de mi cabeza. Seguí hablando, buscando que mi voz llegara a todos los rincones del aula:

―Entonces, como ya les dije, el arte­ es muy variado en sus formas y representaciones, así que hoy vamos a realizar un dibujo donde vamos a aprender a proyectar sombras desde arriba, luego lo haremos con la proyección de sombras desde abajo y así.

Tomé una pausa y rebusqué el dibujo en mi carpeta. Seguí hablándole a los muchachos:

―Recuerden que hoy debían traer lápiz 6B, una o varias servilletas para las sombras y, claramente, el bloc base 30.

Después, comenzó la alharaca en el aula cuando terminé de hablar. Todos empezaron a hablar al mismo tiempo, así que los callé de un grito ensordecedor:

―¡Cállense, carajo! Respeten.

Un pelado que se hacía en la última fila a la izquierda, se levantó y, sin pedirme permiso, se dirigió a la puerta del salón. Cuando iba a atravesar el umbral, le grité:

―Oiga, ¿y usté para dónde cree que va?

Ese pelado ni me miró y sólo me reviró en tono cínico y burlón:

―Para el baño.

―¿Y con permiso de quién?

No me respondió porque ya había salido y algunos estudiantes se empezaron a burlar de mí, de mi poca o nula autoridad sobre ese pelado que salió sin permiso al baño. Ay, pero espere y verá que esto no se va a quedar así.

 

 

2.

 

Retrocedes en el tiempo.  Es sábado por la tarde. Te ves todo sucio de tierra de pies a cabeza por andar revolcándote como un cerdito en un pantano con tus amiguitos. Traes una cara de Yo no amá, yo no fui, ellos me obligaron, ¿qué hacía pues yo, ah? Llegas con el rabo entre las piernas a tu casa y no has entrado y ya te pegan el primer grito:

―¡Jesús, María y José! ¿Usté dónde se metió, por todos los santos? Eh ave María purísima, qué desastre. Me hace el favor, se entra ya mismo ―te cogen del antebrazo con un pellizco―. Se baña bien todo el cuerpo y se cambia esa ropa asquerosa que lleva puesta, Dios mío, ya se la arruinó, y a su papá tanto que le costó conseguirle esa ropita, malagradecido es que sos, Mauricio Alberto, ¿no te da vergüenza venir así como un puerco a la casa? Espere y verá que llegue su papá para le dé unos correazos que bien merecidos te los tenés, para ver si un día de estos aprendés a valorar las cosas que te da tu papá.

Te rematan con una palmada en la espalda, en la camiseta que se te pega a la piel por el sudor, por lo que te duele aún más.

―A ver, camine y se baña. ¡Pero ya, ya mismo!

Haces caso y te desnudas para irte a bañar al patio. La maldices en silencio, la odias, sí, vieja fastidiosa, cuándo me va a dejar de joder la vida, te preguntas mentalmente. Ya en el patio, te echas agua de un balde con una coquita pequeña; te estregas con jabón Rey las axilas, el pecho, alguna parte de la espalda que alcanzas con tus manos, tus partes íntimas y tus pies. Te juagas. Te secas con la toalla que siempre está secándose ahí en el tendedero, que está en el mismo patio. Te diriges al cuarto común, donde se guarda la ropa de todos, tu mamá, tu papá y tú, y buscas una pantaloneta y una camiseta cómodas para aguantar el castigo de tu Señor Papá ¡Ah!, y los calzoncillos. Te desvistes de nuevo y te colocas primero los calzoncillos y luego la pantaloneta. Por último, te calzas unas chanclas viejas que usas siempre en casa.

Sales del cuarto y vas a la cocina: el estómago te ruge. Abres la puerta de la pequeña nevera, la única que hay, y encuentras una sola arepa de chócolo. El fogón de leña ya está prendido, así que sólo es poner la parrilla a calentar un momento y luego colocar la arepa allí. Así lo haces y luego vas a la basura a tirar la envoltura donde venía la arepa, si es que a esa bolsa negra, grande y maloliente arrumada en un rincón de la parte interior de la finca se le puede llamar basura. Tiras la envoltura, pero algo en el interior de la basura te llama la atención. Sientes un odio que te recorre de los talones hasta la coronilla de la cabeza, y también náuseas: son los bocetos de tus dibujos.

 

 

3.

 

Al fin sonó el timbre. Cogí mi carpeta y mi bolso y me fui para la sala de profesores a almorzar. Por fin, tenía mucha hambre. Serían las dos y diez de la tarde, tenía veinte minutos para almorzar y luego otra vez a dar clase. Era jueves, lo peor: las seis horas se repartían en tres bloques de dos horas; el primer bloque era en séptimo dos, el segundo en sexto uno, y el tercero y último en octavo dos. En otras palabras, segundo, primero y tercero de bachillerato, respectivamente. Y claro, lidiar con esos maleducados e irreverentes peladitos no era para nada fácil: vea nomás a ese que salió sin permiso al baño. Se llamaba Obando, me parece, y era el payaso de la clase de séptimo dos. Yo sabía que lo que hizo fue para hacerme enojar, y que yo lo cogiera de las solapas y lo humillara frente a todo el salón gritándole las reglas y normas a las que todos estamos sometidos, para que luego él me acusara con la coordinadora de abusivo y soberbio, mientras se hacía la víctima y lloriqueaba como un pequeño indefenso al que le han quitado su bizcocho preferido. Pero no, no llegó a culminar su “plan maestro”. Respiré muy hondo y, como pocas veces en mi vida, controlé mis emociones, aunque por dentro quisiera ahorcarlo.

El segundo bloque pasó sin mayores inconvenientes. Ya en las dos últimas horas, en la recta final del día, tenía que dar clase en octavo dos, un infierno también, pero bueno. Sin embargo, fueron dos horas tranquilas, por fin un descanso de la algarabía y el desorden del primer bloque en séptimo dos.

Cuando salí del colegio camino a casa, sentí un frío horrible, así que me enfundé en un abrigo marrón que me había regalado mi tía en mi cumpleaños hace un buen tiempo ya.  Me abracé a mí mismo y continué mi camino. Total, sólo me faltaban un par de años para la pensión. Cuando la tuviese, no me iría a vivir al campo, como quieren muchos compañeros míos. Jamás de los jamases. Siempre viene a mi cabeza aquellas imágenes atroces y horripilantes de mi infancia. No quisiera volver al mismo lugar para reavivar aquellas escenas que me marcaron de por vida. Los recuerdos, sobre todo los malos, matan más que una enfermedad, o ayudan a esta a matarlo a uno.

 

 

4.

 

―Dígame, ¡¿por qué, por qué estaban en la basura?! ―le gritas a tu mamá con furia mientras le muestras los bocetos.

Ella no responde de inmediato, pero ves una ira contenida en sus pupilas. Luego, ves cómo alza su mano derecha y te da una bofetada tan fuerte que te tambaleas y dejas de sentir tu mandíbula.

―Usté a mí en la vida me vuelve a gritar, ¿oyó? Respete a las mujeres y sobre todo a su mamá, que fue la que le dio la vida, malagradecido. Primero es la ropa y ahora esto. ¡No! Respete. Y sí, boté esos papeles porque yo no quiero ningún artista o esas vainas aquí en la casa y su papá menos. Estamos en el campo y usté ya está creciendo, por lo que debe ayudar en la casa y también en la recogida del café, ¿sí me escuchó bien?

Repite la pregunta más duro y tú asientes. Luego dice:

―Para que le quede bien claro, si quiere ser algo en la vida, sea algo que nos ayude a todos, un médico, un ingeniero, un arquitecto, pero, ¿un artista? ¿Acaso eso da plata pa’ comprar los abonos que bien caros sí están? Nooo, eso no sirve para nada. ¿O es que usted come papel?

Sientes lágrimas correr por tus mejillas. Agachas la cabeza mientras arrugas con tus manos los bocetos de los dibujos de diversos paisajes que habías empezado a hacer unas dos semanas atrás, con mucho miedo de que te criticaran y te dijeran que tú no estabas hecho para ese tipo de cosas, o que no servías, o que no… Pero, pese a ello, tuviste el coraje de agarrar un lápiz y una hoja de papel en blanco y comenzar a liberar tu mano y a dejar que hiciera trazos, líneas, figuras, alguna que otra sombra y uno que otro tachón, porque no tenías borrador. Todo era como quedara, no había vuelta atrás. En la escuela del pueblo siempre te había ido bien en la asignatura de artes y, cuando fueras grande, querías enseñar lo que aprendieses durante tu vida sobre el arte, tu mayor pasión. Una pasión innata que había salido a flote desde la primera vez que te pusieron la foto de un campo lleno de girasoles en frente de ti, te dieron un lápiz y una hoja en blanco y te pidieron que la dibujases con exactitud. Te había salido perfectamente y, justo en ese momento, mientras la profesora te elogiaba y tus compañeritos de párvulos te preguntaban que cómo lo hiciste, descubriste tu mayor pasión: el dibujo. Los bocetos que habías hecho quieres ahora botarlos a la basura, pero no puedes, algo te ata con fuerza a tu creación.

Nunca pensaste en pintarlos porque ni colores tenías. De igual manera, la idea era atractiva: pintarla en un cuadro, como esos artistas que te habían enseñado en el colegio: Picasso, Miguel Ángel, Da Vinci, Van Gogh, entre otros que ya no recordabas. Pero ya no, ya todo se había ido al carajo, ya no vas a hacer más dibujos. Mejor te vas a empezar a levantar a las cuatro de la mañana para ayudarle a tu papá con la recogida del café, aprovechando que está en cosecha. Sí, eso harás; de hecho, vas a empezar hoy mismo, te cambiarás las chanclas por unas botas pantaneras que ni siquiera sabes quién te las dio, ni de dónde salieron, simplemente siempre estuvieron allí. Y claro, no le hablarás a tu mamá por el regaño de hace poco. Aunque, quién sabe, quizás sí tenga razón…

Mas tu mamá te detiene cuando estás a punto de salir para los cafetales y te dice que tu papá no está por allí, que está en el mercado de la plaza. Asientes sin mirarla y te das cuenta que tiene razón: la camioneta vieja que siempre usa para ir al pueblo no está parqueada afuera. ¿Cómo no te diste cuenta antes? De todas maneras, te vas a escapar, no te aguantas más a tu mamá. Piensas rápido en posibles maneras de escape y optas por hacerte el que va a quedarse en el cuarto común leyendo o durmiendo la siesta vespertina y cuando tu mamá se vaya para la cocina, te escabullirás por la puerta de atrás sin que ella se dé cuenta.

Así sucede y sales corriendo, libre. Detrás de ti los perros ladran, pero ya estás en medio del cafetal. Necesitas replantearte qué es lo que realmente quieres para tu vida y de qué forma hacerlo. Te debates entre tus pasiones y lo que quieren tus papás que hagas. O quizás, sería mejor acabar con todo este sufrimiento que te quema el alma de una buena vez…

 

 

5.

 

Los recuerdos son como unos cuchillos afilados sin empuñadura: no importa de dónde los agarres, siempre te vas a cortar y a desangrar poco a poco. Así es como sentí el recuerdo del campo, de mi infancia, de mi familia: como un cuchillo jodidamente afilado… Todavía no logro recuperarme de ello. Han pasado treinta y cinco años ya, pero creo que esos recuerdos que se han convertido en fantasmas, me perseguirán hasta acabar conmigo e incluso, ya en la tumba, en el otro mundo, en otra vida o lo que sea, seguirán atormentándome sin descanso.

Cerca de mi casa hay una licorería. El día anterior me habían pagado, por lo que me compré una botella de ron de un litro. Ese día era el aniversario de mi tragedia; sólo quería ahogarme en licor, olvidarme de todo, de mis responsabilidades, de mi trabajo, de mi fracasada vida sentimental y de mí mismo. Abrí la puerta de mi casa y, como siempre, no había nadie que me recibiera. Ni una mascota, porque nunca me han gustado: suficiente tuve con esos perros de la finca de mi infancia. No importa. Descargué mis cosas sobre un sillón y el ron lo dejé en una mesita de vidrio en el centro de la sala y me quité el abrigo, ya no estaba haciendo tanto frío. Fui a la cocina por un vaso y algunos hielos. No comí nada porque no tenía ni una pizca de hambre. La boca se me hizo agua al ver aquella botella de ron en la mesita, para mí solito. Saqué el celular y puse algo de la playlist que tenía ya establecida para este día: temitas de Julio Jaramillo, Darío Gómez, Metallica y Guns N´ Roses.

Sonó Reminiscencias, el tema que abrió la noche. Destapé la botella de ron y serví un poco en el vaso. Me llevé el líquido a los labios y sentí un ardor que me quemaba todo el fuero interno. “Carajo, qué rico este ron”, dije en voz alta. Bebí ávidamente y comencé a recordar…

Sendas lágrimas comenzaron a rodar sobre mis mejillas hasta la comisura de mis labios. Sabían amargas, tanto como aquellas evocaciones de mi tragedia; recordé que, al estar en los cafetales, me recosté boca arriba, e imaginé que estaba en la nieve y comencé a hacer la figura de un ángel en el suelo nevado. Me seguí revolcando un rato más y me sentí pleno, tranquilo y feliz. Luego, inevitablemente, regresaron las imágenes de los bocetos en la basura, y volví a la realidad. Comencé a llorar y me quise ahorcar con mis propias manos, porque sólo era un estorbo para todos, incluso para mí mismo; era como la oveja negra, el “artista”, el inútil. Pero no pude. Fue imposible llevar a cabo mi objetivo. En el mismo momento en que sentí la ausencia de oxígeno y me estaba empezando a sentir ahogado, solté mi cuello. Respiré.

Cuando estaba tomando bocanadas de aire, escuché unos gritos a lo lejos, parecían voces de hombres, y mi papá nada que llegaba. No entendí qué trataban de decir. Los perros ladraban sin cesar. El ocaso que estaba presenciando cuando me levanté me hipnotizó un momento, pero luego, otro y otro grito más, me quitó el hechizo y salí corriendo en dirección a mi casa. Mientras corría me sacudía con desespero la tierra de mi ropa, no fuera a ser que mi mamá me mandara a bañar otra vez. “¿Qué estaba pasando, por Dios?”, me pregunté cuando estaba cerca de mi casa y los gritos arreciaban aún más en el interior. No quise ingresar a la casa por la puerta principal, preferí entrar por donde había salido: por la puerta de atrás del cuarto común. Pero los gritos que, en vez, de dolor, parecían como de una celebración, preferí esperar y mejor asomarme por la ventana de madera. Estaba cerrada, pero una pequeña rendija me dejó observar por un momento la supuesta celebración que se estaba llevando a cabo en el interior de mi casa. Lo que vi me dejó horrorizado y estupefacto, con la mente en blanco y todo el cuerpo temblando: cuatro hombres uniformados de un verde desgastado estaban intentando violar a mi mamá; la agarraron de la camisa que llevaba puesta y se la arrancaron de un solo tirón; la falda se la quitaron a la fuerza y la echaron a la cama donde ella dormía todas las noches con mi papá, ya en paños menores, como jamás en la vida la había visto. Luego, le quitaron la última ropa que llevaba encima y, por turnos, comenzaron a penetrarla con fuerza; cada uno tenía dos minutos para “disfrutar” de mi mamá. Así lo estipuló un hombre pequeño y gordo, que parecía estar al mando de los otros tres soldados: eso me pareció a mí, que eran soldados, aunque no estaba seguro por el uniforme, ya que este era común, pero en los “paracos”, como les decía mi papá. Una vez los vimos pasar cerca de la finca y mi papá me explicó que ese uniforme verde desgastado era algo que identificaba a los “paracos”. No me dijo más.     

 De repente, reaccioné. Tenía que ayudarla. Pero no yendo y peleando con aquellos tipos. No, ni en sueños. Tenía que avisarle a mi papá lo más rápido posible. Sí, eso iba a hacer. Rodeé la casa sin hacer ruido, aunque no creía que aquellos hombres me escucharan en medio de tantos gritos de júbilo y alegría. Salí corriendo en dirección al mercado de la plaza con el corazón desbocado. Veía borroso y sentía que en cualquier momento las piernas me fallarían y caería bruscamente a la tierra.

Como un rayo, me dirigí al mercado de la plaza, donde dijo mi mamá que estaba mi papá. Lo busqué y lo divisé en la parte donde vendían ropa vieja y usada y una que otra prenda nueva. Estaba de lado, mirando ropa y preguntando el precio: por eso pude reconocerlo.

―¡¡Apá, apá!! ―le grité con desespero.

El volteó la cabeza, buscándome. Al posar sus ojos sobre los míos, no se inmutó y siguió preguntando por una camiseta que me gustó cuando la vi a lo lejos; era azul oscura sin ninguna estampa, sólo el color y ya está. Vi que tenía una maleta mediana a su lado; ahí metió la camisa azul que me gustó y, sin pensarlo dos veces, me acerqué corriendo, jadeando, e intenté decirle:

―Arriba… en la casa… están… ay, qué cansancio… apá…

―¿Qué pasó, Mauricio? Estoy muy ocupado ahora.

Yo no podía creer que me tratara así: él siempre había sido dulce conmigo y complaciente. No entendía su actitud tan despectiva. Con mi mamá era esto último; siempre como un desprecio, un fastidio hacia ella que yo veía en cada gesto, en cada acción que mi papá hacía. En sus ojos, también. A veces le pegaba a mi mamá que porque ella le era infiel a él o esas cosas. Yo en aquel momento, ni sabía qué era eso. En todo caso, mi papá repetía una y otra vez aquella palabra: infiel, infiel, infiel, infiel… Ella quedaba siempre con moretones en el rostro y luego de eso mi papá se iba para el pueblo y ella se quedaba durmiendo conmigo.

―Apá… apá… ¡apá!.. Unos “paracos” están…

―Cállese. Me hace el favor y me espera en la camioneta ―me interrumpió mi papá y me dio unas llaves―. Yo ya voy para allá.

Yo sabía que no debía responderle a mi papá, sería lo peor. Mi mamá siempre me enseñó a respetarlo a él, lo que quería decir, nunca contradecirlo en sus tajantes órdenes.

Me dirigí a la camioneta, que estaba parqueada en una esquina de la plaza y me monté en el asiento delantero, como siempre me ha gustado viajar cuando estamos solo mi papá y yo. Sentí mucha impotencia al pensar en todo lo que estaba pasando mi mamá, pero bueno, solo quedaba esperar.

A los veinte minutos, vi que mi papá se acercaba con la maleta y la depositaba en el asiento trasero. Luego, se subió al asiento de conductor y prendió el carro. Dio reversa y empezó a dirigirse a la salida del pueblo. Le pregunté para dónde íbamos y él se demoró un momento en responder. Cuando lo hizo, fue con aire cansado:

―Para Medellín, donde una hermana mía.

En mi ingenuidad, le pregunté si íbamos a amanecer allá o qué. Él me miró por un segundo y masculló entre dientes:

―Vas a vivir allá.

Seguía preocupado por mi mamá, pero poco a poco, el sueño se fue apoderando de mí y yo no me resistí. Me desperté y seguía siendo de noche. Íbamos por una calle mal iluminada y mal pavimentada.

―¿Dónde estamos, apá?

―En Boston.

Allí supe que mi vida acababa de cambiar para siempre, de romperse en mil fragmentos irreparables. Luego, paramos y se mostró ante mí un caserón con una fachada gris y una puerta de madera dos veces más alta que la camioneta de mi papá. Él tocó el timbre y a los pocos segundos salió una señora en bata, bajita, amable y flaca. Me saludó con un abrazo y yo se lo correspondí. Desde el primer momento, me cayó bien la que debía ser mi tía. Nos invitó a entrar, pero mi papá dijo que ya se tenía que ir. No entendí lo que pasaba y así se lo hice saber a él:

―¿Me vas a dejar aquí?

Él asintió con la cabeza y se agachó para darme un abrazo.

―Y acuérdese mijo, nunca haga lo que me hizo su mamá a mí. Nadie se lo merece, y menos un hombre tan recto y honesto con ella. Las mujeres deben respetar a sus maridos y eso fue lo que su mamá no entendió. Pero bueno, la vida es así, ¿no?

Me aguanté las lágrimas y no le dije nada. Antes de que pudiese hacerlo él se fue sin mirar atrás. Se metió en la camioneta, la arrancó y se esfumó en la soledad de la noche. No sería hasta unos años después que mi tía me explicaría aquellas enigmáticas palabras:

―Sí, entiendo sus dudas, mijo, pero intentaré explicárselo ―me dijo ella mientras se fumaba un cigarrillo y tomaba sorbitos de café―. Lo que pasó es muy simple: su papá era un celoso con su mamá, pero la cosa más horrible. Ella nunca intentó rebelarse ante él, sabía que era inútil, ya tu habías nacido y tocaba aguantarse y sacarte a ti adelante. Él trabajaba con el café, como ya sabes, y cada domingo, o cada vez que le pegaba a tu mamá, y siempre y cuando tuviera plata, se iba de juerga con sus amigos del pueblo y luego se iban y se acostaban con…

Hubo un silencio. Le pedí que siguiera, quería saber la verdad.

―Con prostitutas, mijo, mujeres que, debido a la necesidad en la cual viven les toca hacer el amor con hombres por plata y así poder sobrevivir. La mayoría de esas mujeres tienen hijos y claro, uno entiende que sacar un hijo adelante no es nada fácil, y menos si uno no tiene las posibilidades que tienen otros, ¿me entiende, Mauricito?

Dije que sí en un susurro y ella se levantó de su sillón preferido y me dijo que luego continuaríamos la charla. No fue así porque siempre ambos estábamos ocupados: ella fumando o yendo a la iglesia, que quedaba casi al lado del caserón, y yo o en el colegio o en mi pieza dibujando y pintando en lienzos que ella me compraba por ahí en la calle.

Así comencé a crecer y pinté mucho: todos los cuadros mi tía los ponía en algún lugar de la casa, hasta que ya no cupieron más y con mi autorización, los empezó a vender por ahí en la calle. Ella me cobraba la mitad por hacer el mandado e ir a buscar quién le comprara mis cuadros. No estuve en desacuerdo y así comencé a ver el dinero y a gastármelo en fiestas con algunos amigos del colegio. Ya estaba a punto de terminar mi bachillerato y supe que lo mío era la enseñanza; a veces intentaba enseñarle a mi tía a dibujar y ella, por lo menos, lo intentaba. No le salía bien, pero yo sentía que sí tenía algunos dotes para trasmitirle mi conocimiento a otras personas. Lo mismo con algunos amigos.

Ya estaba en la recta final de mi playlist, con Guns N’ Roses, y la botella estaba vacía. Lloré muchísimo, como siempre me pasaba cada año. Era una forma de exorcizar esos recuerdos y que no me atormentaran más. Aunque siempre lograba el efecto contrario: recordar aún más y sufrir con esas imágenes; recordé que mi mamá murió el mismo día que yo salí corriendo en busca de mi papá y mi tía no me dejó ir al entierro. Mi papá murió por una tuberculosis dos años después de la defunción de mi mamá. Y yo quedé huérfano, con mi tía como única familia. Pero ya qué, ya no puedo hacer nada. Mi vida ya está hecha trizas, rota en fragmentos irreparables. No hay salvación para mí, de hecho, nunca la hubo. Siempre viviré con estos fantasmas acosándome por la eternidad. Lo sé.

Tomé el último trago y dejé caer el vaso a un lado. Escuché que se quebraba. Me tomé la cabeza entre las manos, sentía que me iba a estallar, no podía más, estos fantasmas me iban a matar. No, no iba a dejar que sucediera eso. Me comencé a dar golpes en la frente buscando ahuyentarlos, pero por el contrario, retumbaban más fuerte sus voces y me dolía cada vez más la cabeza. Y en un movimiento reflejo, agarré la botella vacía y la quebré contra mi cabeza. Me desmayé. Las voces se desvanecieron al instante”.

 

J.A.B. 2020.


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